El llamado de lo frágil.
Duele, sí. La fragilidad de los otros, de lo otro, nos llama, nos demanda una respuesta. Si mi propia fragilidad me hace hacer a un lado la autosuficiencia para dejarme acompañar; mirar la fragilidad de lo que me rodea me exige una respuesta: cuidar de lo frágil, sostenerlo, ampararlo. Hacerle un sitio, suspender por un momento mi egoísmo, la constante atención a mí mismo para mirar esa vulnerabilidad que es también mía y hacer algo para ampararla. “Quizá la fragilidad es lo único que nos acerca para compartirnos como semejantes. Quizá la experiencia de la alteridad del otro reside en mi experiencia de su fragilidad. Quizá la visión del otro como alguien vulnerable me extrae de mi cerrazón volviéndome solícito al encuentro”. (Gómez Ramos 2018 p.368)

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