PASTILLITA AZUL

 


Cuando era niña, Mónica, mi pareja, coleccionaba pastillas (también podemos llamarlas píldoras). Algo le atraía de su pequeñez, de su perfección diminuta, de su variedad. Las blancas eran las más comunes y, por lo mismo, las menos interesantes. Atesoraba especialmente las que destacaban por su color llamativo o por su forma. Qué suerte  encontrar una pastillita azul o roja o verde, una muy pequeña o una enorme, alguna de forma rara.

Qué extraña magia la de las pastillas. Nos hemos acostumbrado a ellas y quizá hemos dejado de asombrarnos, pero sin duda, en cada una, se concentran siglos de investigación y de ciencias entrelazadas. Trago unos miligramos de cierta sustancia convertidos en pastillita y los brutales martillazos de la migraña van disminuyendo hasta desaparecer. Alivio, paz, agradecimiento. Tomo otra píldora y se regula el tránsito intestinal. Trago aquella otra y el evasivo sueño vuelve, mis ojos se cierran y llega el misericordioso olvido. Eso sucede con otros padecimientos físicos, sí, pero también del alma. Pastillas para que ceda la depresión o la ansiedad o el vacío. Píldoras para que vuelva la atención, la memoria, cierta tranquilidad. ¿Se inventará en el futuro la pastillita que sane el mal de amores? ¿La que nos haga compasivos? ¿La que cure la estupidez y la crueldad? ¿La que nos vuelva sabios?

Y sí, también he hablado de magia, de esa que solo entienden los iniciados en sus inescrutables misterios. Yo no sé qué diablos hay en la pastillita que trago, sé su nombre, quizá su composición química,  pero eso no me dice casi nada. Aún así la tomo porque creo en ella. ¿Qué se yo qué es el butilbromuro de escopolamina con metamizol sódico?  Casi ni puedo pronunciarlo, pero si mi hija sufre de cólico menstrual, una pastillita de eso la alivia en pocos minutos. Abracadabra. Ahora está el dolor y ahora ya no está. Magia pura.

¿Puede curarnos una pastilla aunque no creamos en ella? Seguramente sí, pues su eficacia no depende de nuestra creencia, pero ¿y lo contrario? ¿La pura creencia en su efectividad es suficiente para sanarnos? Hay quien dice que sí, lo que daría lugar a especie de fe pagana en los placebos y, dicen muchos, en la homeopatía. Otorgo a esas pastillita de azúcar el poder de curarme y ¡Zaz! La curación llega.

La pastilla más vendida en el mundo es la de sildenafil, cuyo nombre comercial es Viagra. La razón de su éxito no es su bonito color azul y su forma de rombo, que le hubiera encantado a la Mónica niña sino sus efectos sobre la respuesta sexual masculina. La pastillita ¡Magia de magias! facilita la erección.

Curioso que este “best seller” químico surgió, como muchas cosas interesantes, de un error.  Llegar a un sitio a donde no se esperaba llegar. Quienes la diseñaron buscaban producir un medicamento que ayudara a combatir la angina de pecho, en eso fallaron, pero descubrieron otro efecto inesperado. ¿Quién lo hubiera dicho? La historia ocurre  a principios de los noventas en un pueblo del sur de Gales. Muchos varones que habían perdido su trabajo en empresas siderúrgicas, desesperados por conseguir algo de dinero, accedieron a ser conejillos de indias para un estudio médico. Durante diez días se les administró el fármaco y se investigaron sus efectos. Para sorpresa de todos, la mayoría había sufrido (es un decir) una reacción inesperada: tenían más erecciones, más duraderas y más firmes. Aquellos desempleados no sabían que eran testigos del inicio de una revolución que modificaría la sexualidad masculina para siempre.  Hoy sabemos que 62 millones de hombres en el mundo han (hemos) comprado la milagrosa pastillita azul.

¿Solo buenas noticias? No tanto. La cola de ese animal dañino que es el patriarcado se cuela donde no lo llaman. La pastilla azul es un recurso farmacéutico indicado para hombres que padecen diferentes grados de disfunción eréctil, y aunque efectivamente hace maravillas tampoco es infalible. La erección, como el pene, es caprichosa y frágil. A veces, ni la química alcanza cuando hay de fondo un trauma, una herida emocional, una exigencia que asfixia la espontaneidad. A veces el pene dice no y no hay Viagras que valgan.

No solo eso. Quienes consumen la pastillita azul, en su gran mayoría, no son hombres que padezcan disfunción eréctil. ¿Por qué iba a consumirla un varón que no la necesita? Supongo que ya adelantas la respuesta: la consumen para no fallar nunca, para sentirse los meros meros, para poder siempre. La pastillita dejó de ser un medicamento para convertirse en un seguro contra la fragilidad, una garantía de éxito, un disfraz de masculinidad, una potencia artificial, un paracaídas. Es que hay que poder siempre, no importa si queremos o no, no importa tampoco si en aquel acto encontramos placer, apapacho, encuentro, lo que importa es salir invictos y que nada abolle nuestra absurda fama de hombrecitos.

La impostura tiene sus costos, por supuesto: a muchos hombres hoy les (nos) aterra la sola idea de ir a un encuentro sexual sin la dosis de seguridad azul. ¿Y si fallo? ¿Y si quedo mal? ¿Y si no estoy a la altura? ¿Y si…? En la mayoría de esas cuestiones, no hay un genuino interés por el gozo de la pareja en turno, qué va, lo que hay es miedo a no cumplir con la despiadada exigencia de un sistema que nos obliga a ser una máquina infalible.

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