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Dejarse sentir la herida

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  Dejarse sentir la herida . No sé cuando leí esa frase por primera vez, pero sé que me dejó una huella. Dejarse sentir la herida. Antes de intentar entenderla me gustó su sonido, su poesía. Y se quedó en mí, esperando su momento. Dejarme sentir la herida. ¿De qué? De tantas cosas, creo. Del dolor de los otros que de algún modo me alcanza, de la lenta agonía de la naturaleza, de mi propia imperfección, de mi incongruencia, de la idea casi insoportable de que un día dejaré de estar yo y dejarán de estar los que amo. La herida de la que soy consciente al darme cuenta de mi fragilidad y de la fragilidad de lo que me rodea. ¿Por qué es tan difícil esa forma de presencia? ¿Por qué la evito tan a menudo? Quizá porque habito una época que rehuye a toda forma de herida, o como dice Byung-Chul Han, una época que rehuye a toda negatividad y que se complace, cada vez más, en una estética de lo liso y lo pulido, de lo fácil, de lo que no tiene ángulos ni resquebrajaduras ni asperezas, de l...

dios (con mínúscula)

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“¿Quién es ese señor con moscas en las manos?” preguntaste un día mirando un crucifijo. No entendías que eran clavos lo que estaba en las manos del crucificado. Qué hermoso que fueran moscas y no clavos, pensé. ¿Cómo entiende un niño, una niña, esas escenas de tortura? ¿Cómo se guardan en sus ojos?  En la penumbra de la iglesia habitan seres con dagas en el corazón, con fuego en la cabeza, ensangrentados y con los ojos casi en blanco. ¿Cuándo me acostumbré a esas imágenes? ¿Cómo me marcaron al contemplarlas durante años? ¿De qué modo siguen en mí? ¿Por qué le llaman a eso amor? Al principio Dios fue una gigantesca abstracción que se volvía cercano en personajes concretos: la Virgen, el Ángel de la Guarda, las reliquias de mi abuela; luego, al entrar a la escuela eso cambio: Dios frunció el ceño, se volvió adusto y mandón. Llegó cargado de reglas y mandatos, premios y castigos. Como una bomba en el centro de una plaza, la idea del pecado estalló en mi corazón, lo ensució todo y ec...

La sexualidad light

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La sexualidad, sin profundidad ni misterio, sin la numinosidad que podía tener, se vuelve algo sin peso ni profundidad, se vanaliza. La sexualidad, entonces, es solo un entretenimiento, un modo de combatir el aburrimiento, una diversión semejante a sentarnos en un sillón a ver la serie de moda. La sexualidad, entonces, es una búsqueda de sensaciones fuertes, descargas de adrenalina que nos recuerden que estamos vivos. Algo parecido a subir a la montaña rusa para bajar despeinados y con el corazón cabalgando. La sexualidad entonces, es una pista de pruebas, una carrera para demostrarnos algo, siempre algo más: que somos capaces de atraer, que podemos seducir, que nuestro desempeño está a la altura, que podemos conseguir alguna de esas marcas que hoy se nos exigen. Pero ya sea entretenimiento, búsqueda de sensaciones o pista de pruebas, al final nos deja insatisfechos. ¿Eso era todo? Porque en el fondo nada nos pasó, nada fue acontecimiento. La vivencia llegó y se fue sin dejar huella o ...

Tiempo de zarpar

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  ¿Cómo construimos esta especie de páramo, este desierto, esta “intemperie”, como le llama Josep Maria Esquirol? ¿De qué modo participo creándola o dejándola estar, acomodándome a ella? No quiero más de esto. No quiero mirar hacia otro lado y alzar los hombros. No quiero resignarme. “Cuando alguien con voz rendida piensa que ‘así son las cosas’ –dice Carlos Skliar- toda redondez se vuelve terco cuadrado, la lluvia fina se hace torrencial, los senderos se tornan fronteras y la ternura demora demasiado en regresar”. Así que hago lo que puedo hacer, lo que sé hacer, que es poner mi palabra y tratar de conversar contigo que estás al otro lado de la página.  ¿Qué sucede con la sexualidad en este inicio del siglo XXI? ¿Cómo se transforma? ¿Hacia dónde se mueve? ¿Qué tipo de educación sexual hay que crear para atravesar por estos cambios? ¿Qué ética se vuelve urgente para que la sexualidad amplíe las posibilidades de lo humano en lugar de limitarlas? Sería absurdo suponer que te...

Obediencia.

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  "Obedeced, como en manos del artista obedece un instrumento", dijo el cuervo de mi infancia. "Si la obediencia no te da paz, es que eres soberbio", dijo el cuervo y sonrió dulcemente. "No amas la obediencia, si no amas de veras el mandato, si no amas de veras lo que te han mandado", graznó agitando su negrura. Yo obedecí porque quería ser parte, porque temía la reprimenda, porque a veces, obedecer es un camino fácil y cobarde. Sé que a mis padres, tus abuelos, alguna vez los elogiaron por lo obediente que yo era.  "El que obedece no se equivoca", decían aquellos tan satisfechos de entregar su voluntad a otro, al que sabe más, al que conoce el camino, al que siempre desea tu bien, al poderoso. Yo obedecí.  Obedecer es agachar la cabeza, mover el rabo, lamer la mano del que ordena. Y entonces el que ordena te soba la cabeza, te lanza las croquetas, o cuando menos no te da de palos. A cambio de esa obediencia hubo aplausos, no voy a negarlo, puert...

La terapia idealizada.

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Leo a mis colegas terapeutas y me inquieta esa idealización del hecho estético en terapia. Leo las palabras que los terapeutas usamos para describir esa experiencia y me quedo al margen, espectador asombrado de algo que me parece puro romance y fantasía.  La terapia, dicen, se convierte en un poema, en una obra de arte, el encuentro de dos almas de las que surge una misteriosa alquimia que da por resultado la Belleza. Como si uno se sentara con sus acuarelas marca Bombín y su hoja en blanco y dijera: "A continuación haré una Obra Maestra". Cómo si uno se sentara con su cuaderno Scribe y su pluma Bic y pensara: "Y ahora escribiré la Gran Novela".  Yo miro aquello como algo inalcanzable. Pienso en mis alumnos y los imagino igual que yo, preguntándose cómo se hace para crear Belleza (así, con mayúscula) cada vez que se sientan ante el enigma que es cada paciente llevando consigo su (nuestra) carga de dudas y titubeos. En el fondo hay una romantización del hecho terapéu...

Intimidad

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  El otro, la otra, ante mí. Con su semejanza y con su diferencia, con ese modo brutal de no ser yo que me perturba y me descentra. Otro, otra que me convoca con toda la fuerza de su otredad. Llamada, imán, invitación y riesgo. Al mismo tiempo atracción y miedo, como ante el abismo. Pero ¿qué es eso a lo que llamamos intimidad? Una forma comú n de definirla, seguramente la has escuchado, es la siguiente: una relación de intimidad es aquella en la que dejo entrar al otro en mi mundo interior y soy invitado a entrar en el mundo interior del otro. Entras en mí y entro en ti. Nos permitimos entrar. Al leerla me parece que dice algo, pero no todo, como si la experiencia de intimidad fuera difícil de poner en palabras, como si escapara a toda descripción. Es más bien una sensación, un color, una melodía, una forma de habitar la relación. Digo intimidad y más que definiciones llegan a mí gestos, lugares, palabras, silencios. Digo intimidad y veo la sombra de mi padre proyectada en la ...