Dejarse sentir la herida
Dejarse sentir la herida. No sé cuando leí esa frase por primera vez, pero sé que me
dejó una huella. Dejarse sentir la herida. Antes de intentar entenderla me
gustó su sonido, su poesía. Y se quedó en mí, esperando su momento.
Dejarme sentir la herida. ¿De qué? De
tantas cosas, creo. Del dolor de los otros que de algún modo me alcanza, de la
lenta agonía de la naturaleza, de mi propia imperfección, de mi incongruencia,
de la idea casi insoportable de que un día dejaré de estar yo y dejarán de
estar los que amo. La herida de la que soy consciente al darme cuenta de mi
fragilidad y de la fragilidad de lo que me rodea.
¿Por qué es tan difícil esa forma de
presencia? ¿Por qué la evito tan a menudo? Quizá porque habito una época que
rehuye a toda forma de herida, o como dice Byung-Chul Han, una época que rehuye
a toda negatividad y que se complace, cada vez más, en una estética de lo liso
y lo pulido, de lo fácil, de lo que no tiene ángulos ni resquebrajaduras ni
asperezas, de lo que se amolda y complace siempre (Han 2015).
¿Qué mayor fragilidad que saberme mortal yo y mortales los que amo? No hay vida que no sea frágil, sencillamente porque un día acabará.
Así de frágiles. “Como una niña de tiza rosada en un muro muy viejo súbitamente borrada por la lluvia”, dice Alejandra Pizarnik. Frágiles porque el tiempo, porque la enfermedad, porque la muerte.
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