MELODÍA


 


Mi hija practica en el piano una melodía que conozco desde hace años: The Enterteiner, de Marvin Hamlisch. Quizá ese título no te diga mucho, pero sin duda las has escuchado. Es más conocida como la música de El Golpe, la película de 1973 dirigida por George Roy Hill. Es de esas melodías que todos conocemos, todos hemos escuchado aunque no sepamos muy bien de dónde vienen. ¿Cómo es que una serie de notas se quedan en nuestra memoria, a resguardo del tiempo, como un aroma de esos que nos llegan desde la infancia? Sonidos, vibraciones que se mueven por el aire hasta alcanzar el tímpano. ¿De dónde viene su magia? Mientras ella toca, yo puedo adelantarme, con la memoria, a las notas que siguen. Hay melodías que se nos quedan pegadas como chicle en el zapato o como un amor no correspondido y nos persiguen, tercas, obstinadas, durante días, sin poder sacárnoslas de la cabeza, nos descubrimos tarareándolas o silbándolas en el momento menos esperado. Cuando, tú, hija, eras muy pequeña, me descubrí tarareando las notas de El papá elefante, la canción de Cri Cri, mientras me bañaba.

¿Qué hace que cierta música nos atrape, nos conmueva, se nos quede dentro? ¿Qué hace que otra nos resulte insoportable? Vienen a mi mente algunas, que en los últimos tiempos se me enredaron en el alma: el Adagietto de la Quinta sinfonía de Mahler, The Departure,  de Max Richter hecho para la serie televisiva: The Leftovers y Spiegel in Spiegel, de Arvo Pärt. Algo similar a lo que me pasa cuando escucho las primeras notas de Chan Chan, el son cubano escrito por Compay Segundo.

La música es un misterio. Sin palabras, sin imágenes, con solo sonidos entrelazados, es capaz de llevarnos a sitios inesperados o despertarnos la cintura o encogernos el corazón.

Existe también esa otra música que está hecha para desaparecer, para no ser escuchada aunque se escuche, más un fondo borroso y aséptico que verdadera música; esa que suena en el centro comercial, ahogada entre el bullicio neoliberal de las voces de la compra-venta. Música a la que llamamos “de elevador”, que parece hecha solo para llenar el vacío o impedir el silencio. No atendemos a ella, pero está y sin darnos cuenta, entra en nosotros y de algún modo, querámoslo o no, nos afecta. Podemos cerrar los ojos a lo que no queremos ver, en cambio, no podemos cerrar los oídos a lo que no deseamos escuchar. La música e incluso esa no-música, se nos cuelan sin pedir permiso.

Cuenta el mito que los marineros que acompañaban a Ulises se taparon los oídos con cera para no escuchar una melodía peligrosa: el canto de las sirenas, que podía enloquecerlos. Ulises, en cambio, decidió escucharla, pero se ató al mástil del barco para no sucumbir a su llamado. Curioso y astuto como era, escuchó lo que no debía escuchar al mismo tiempo que se ponía a salvo. Un personaje menos conocido es Butes, que había sido apicultor y luego navegaba los mares con los Argonautas. Cuando se acercaron a las sirenas, Orfeo, el genial músico, cantó para opacar sus voces enloquecedoras. Los demás marinos se sumaron al canto para salvar sus vidas. Todos menos Butes. Él se lanzó a las aguas, para alcanzar a las sirenas. Curioso personaje que en lugar de salvarse elige sucumbir.  Fue salvado por Afrodita con la que después tuvo un hijo. Pascal Quignard, el autor francés, le dedicó un libro bello y extraño. Ciertas melodías pueden llevarnos a hacer locuras.

El patriarcado sabe ser, a veces, la melodía de elevador que suena como fondo constante en nuestras vidas. La escuchamos desde que nacemos, se cuela en nuestros sueños, nos arrulla desde que somos pequeños, la bailamos en la adolescencia, la tarareamos a diario, aunque no nos demos cuenta de que lo hacemos. Vivimos sumergidos en esa melodía malsana como un pez en el océano o como un árbol en el bosque. Es como el ruido blanco, que de tanto estar dejamos de atender; esa es su trampa: su constante presencia lo hace desaparecer. Pero que no seamos conscientes de su sonido no significa que no esté, no significa que no nos afecte, que no tenga poder sobre nosotros, que no bailemos a su ritmo.

Le melodía del patriarcado es repetitiva y pegajosa, tiene pocas notas, pobres en creatividad si es que alguna vez tuvo alguna. Lo mismo, siempre lo mismo. Y hay quien cree, burdo e ignorante, que ha descubierto esa canción y que es la única y que debe imponerse sobre todas las melodías del mundo y que debe sonar tan fuerte que silencie cualquier otro sonido que no sea su estridencia vacía. Siempre lo mismo, nunca lo diferente, siempre lo masculino, siempre la guerra, siempre la imposición, siempre las manos acomodándose los huevos, siempre las reglas, siempre la competencia, siempre el poder, siempre lo igual, lo igual, lo igual. Melodía desafinada, tocada hasta el hartazgo por músicos insensibles que creen más en el volumen atronador que en la sutileza, que prefieren el escándalo ensordecedor a la belleza. Lo mismo, lo mismo, lo mismo. Melodía mal tocada por músicos que no saben tocar otra cosa y se creen merecedores del aplauso unánime, de estar siempre sobre el escenario mientras los demás, las demás, sobre todo, son solo un público pasivo que debe soportar su ruido y además, estar agradecidas. Melodía que no deja escuchar la otra música que es la que de verdad importa: el canto de los pájaros, el viento entre las hojas, la lluvia bautizando al mundo, la respiración del mar, el llanto de alguna niña, de tantas niñas; las demandas de justicia, el grito de quienes sufren, el sollozo, la campana a lo lejos, el agua en el río, la canción de cuna que aleja el miedo y vence a la oscuridad.

¿Cuántas veces canto la canción del patriarcado sin darme cuenta que la estoy cantando de tan sumergido como estoy en ella? ¿Cuántas veces silbo sus notas o las bailo o pretendo que otros y otras lo hagan porque he perdido la capacidad de escuchar otras musicas? ¿Qué tanto me he acostumbrado a sus notas de muerte que he dejado de advertirla?

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