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Ejercitarse en la fragilidad.

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Caminar por una larga linea de maskin pegada en el piso, poniendo atención a cada paso. Imaginar que camino el borde de un abismo, que el más pequeño titubeo podría ser mortal. Recoger hojas secas, muchas, todas las que pueda. Con ellas, hacer un mandala en algún lugar a la intemperie o al menos con la ventana abierta. Cuidar los detalles, las medidas, la simetría. Dejar que el aire destruya mis intentos. Si logro terminarlo, sentarme en algún lugar donde pueda contemplar como el aire lo deshace. En la noche, cubrir mis ojos de modo que no pueda ver absolutamente nada. Recorrer cada habitación de la casa. Cambiar un libro de un lugar a otro, servirme un vaso de agua, guardar los zapatos. Hacer un autorretrato. Coger un lápiz y una hoja en blanco, mirarse al espejo y dibujarse a sí mismo lo mejor que se pueda… pero hacerlo con la mano izquierda si eres diestro o con la derecha si eres zurdo. Elegir una fotografía en la que yo aparezca, una impresa. Buscar el modo d...

Buenos y malos.

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En estos días de indignación femenina lo escucho en diferentes lugares: "No es una lucha de mujeres contra hombres sino de buenos contra malos". Casi suena bien. Casi. Porque luego pienso que cuando se habla de buenos y malos siempre nos colocamos entre los primeros. Los malos siempre son aquellos que no son nosotros. Los malos siempre están allá, en la acera de enfrente. ¿Eso es cierto? Cuando digo que es una lucha de buenos contra malos y asumo que los malos son otros, me hago a un lado del problema. Yo no soy el que golpea, viola, mata. Entonces dejo de mirar mis propias actitudes sexistas, machistas, homofóbicas: las cotidianas, las sutiles, las de todos los días. Cuando digo que es una lucha de buenos contra malos, dejo de mirarme a mí y me siento a salvo. Pienso, como Joan Carles Melich que "Ser ético es nunca tener la conciencia tranquila".

lo pequeño

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Lo pequeño. No los colores alucinantes del pavorreal, ni las mil voces del cenzontle, ni el glamour sofisticado del flamenco, ni el vuelo-no vuelo de la gaviota. ¿Qué tal el gorrión? Pajarito pardo de ojos como alfileres, esos saltitos con los que se mueve sobre el suelo, picotazos certeros en las migajas que alguna anciana dejó sobre la banqueta. Casi invisibles de tan comunes, sobrevivientes de la ciudad, instantánea quietud que, de pronto, se vuelve vuelo.

Solo Francisco.

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Hay quienes están siempre del lado de los grandes y los victoriosos. Son aficionados al equipo que tiene más campeonatos, se emocionan y aplauden cada gol del mayor goleador. Festejan que el invencible haya ganado de nuevo. Conozco algunos así pero no puedo entenderlos.Me parece, por decir lo menos, vulgar. Yo suelo estar del lado del débil, del que rara vez o nunca, gana. De Bolivia ante Brasil, de Andorra frente a Alemania, de David frente a Goliath. Y claro, casi nunca triunfan los míos, casi nunca gano yo; pero también sé que prefiero la derrota a estar del lado de los invictos. Mi pequeño mundo también tiene sus modos de grandeza y voracidad: saberlo todo, leer todos los libros, estar en todos los lugares, tener largos currícula, usar esa jerga extraña que nos hace parecer más sabios, acumular diplomas y títulos: Maestro, Doctor, Escritor, siempre antecediendo al nombre, como si se tratara de polvosos títulos nobiliarios: por aquí Señor Marqués, hágame el favor, Señora Condes...

No.

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Miro alrededor. Miro desde donde puedo mirar, es decir, desde mí, desde mis ojos miopes, desde el lugar y el tiempo que habito. ¿Se puede mirar desde otro sitio? Quisiera mirar desde fuera pero es imposible: no puedo estar sino aquí, soy parte, uno entre muchos, otro. Pero si no puedo salir, quizá puedo construirme una burbuja, siempre fugaz, siempre frágil y mirar desde esa quietud inventada, ese paréntesis. Lo intento de nuevo. Miro alrededor: grandes edificios, anuncios espectaculares, enormes pantallas planas, gigantescos centros comerciales, mucha prisa, el tiempo es dinero, otros ya nos llevan la delantera, jamás estar ocioso, la inacabable persecución de la excelencia (¿Qué diablos es eso?), el éxito, el logro, la breve fama, mucho ruido, noticias, campañas, publicidad, voces que se enciman unas a otras y que se pretenden dueñas de la verdad, luces brillantes que invitan siempre, que deslumbran y seducen. Miro perplejo esto que miro (sí, dentro de la burbuja). A veces ...

Mi patria

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No, mi patria no tiene himnos ni banderas, ni ejército ni héroes de mentiras. Mi patria es la de aquellos que tienen más dudas que certezas, los que escriben para sobrevivir, los que gritan en silencio; la de aquellos que piensan que ganar es solo una forma de impudicia, los que pierden las llaves y el decoro, los que leen para ocultarse de la muerte; la de aquellos con alas desplumadas, los que se equivocan siempre de camino, los que no se bañan luego del amor, los que lloran por un nido derrumbado. Mi patria no tiene himnos ni banderas, ni ejército ni héroes de mentiras. Mi patria es de los que se descalzan aunque sus calcetines tengan agujeros.