Sapo de nuevo
¿Podré? Una idea me acompañaba: la única forma de no ahogarse en un torbellino de agua, en un mar embravecido, es volverse agua. Dejar de ser el que se ahoga y ser el agua. Así llegué.
No puedo decir que fuera hermoso, como le ocurre a otros. Ni un poquito. ¿Cómo puede ser hermoso morir? Esa pequeña ficción a la que llamo Yo se disuelve en unos instantes. Entonces, el abismo, la caída, el miedo más puro a dejar de ser. Pero no fue como la primera vez, ese horror absoluto; había un pedacito de confianza, un intento por soltar. Yo luchando de nuevo por no desaparecer, y desapareciendo.
Al ir volviendo, el descubrimiento: el demonio o aquello que yo creía que era el demonio solamente era yo. La negrura de sus ojos, solo eran mis ojos; su rabo solo era una manita saludando; sus cuernos, mis orejas. El demonio no era el demonio sino el dibujo que me hizo Lía para cuidarme en el trance. Entonces, un llanto desgarrador que me nacía del alma. ¿Hace cuánto que lucho con el demonio sin saber que el demonio no existe? ¿Durante cuántos años he luchado conmigo mismo, sin darme tregua? El demonio es mi invento. Se le apaga soplándole como a una vela.
Llorar por descubrirlo apenas.
Llorar y agradecer mientras lloro. Suplicar al Misterio: ya no quiero luchar, ya no quiero luchar, ya no quiero luchar.
Lo que creí el demonio no es sino un pequeño ángel dibujado con trazos rápidos por mi hija.

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