Vincularnos
Vincularnos con el otro, con la otra. Crear vínculos.
¿Qué significa esa palabra? Su etimología no es cómoda: vínculo viene de vinculum, cadena o atadura.
A diferencia de las conexiones, que son inmediatas y
suelen ser fugaces, los vínculos llevan tiempo, se construyen, requieren
espacio para que surjan, necesitan cuidados. Y tienen riesgos. Quizá es por eso
que cada vez estamos más conectados (hiperconectados incluso) sin que eso
signifique crear vínculos verdaderos. Pero ¿de qué riesgos hablamos?
Vincularnos con otros nos descentra, es decir, nos
quita del centro, nos hace descubrir que el mundo no gira alrededor nuestro,
que lo que nos pasa no es lo único, que incluso nuestra existencia es
contingente: podríamos estar o no y en el fondo nada cambiaría. Es verdad que
cada uno de nosotros mira el mundo desde sí mismo, y en ese sentido es su
propio centro, pero cuando alzo los ojos de mí, cuando me encuentro con otros y
otras descubro que también ellos miran desde su lugar y son su propia
referencia; es decir, hay múltiples miradas y múltiples lugares desde dónde
ver. Si cada uno es su centro es que no hay un centro único. Nuestra mirada y
nuestro mirador es solo uno más entre millones.
Vincularnos con otros nos cuestiona, nos pone en duda.
Y es que cada otro vive, piensa, elige de modo diferente a nosotros, entonces
¿cómo podemos estar seguros de que nuestra forma de vivir, pensar o elegir es
la mejor? La presencia del otro, de la otra, rompe las propias certezas. El
otro, la otra, nos dice, aún sin palabras: hay formas de existir distintas a la
tuya.
Vincularnos con otros nos vuelve vulnerables, abre una
grieta en la armadura, en la autonomía, en la ilusión de estar separados y a
salvo. Cuando el otro o la otra es importante, más aún, cuando le amo, esa grieta se agiganta, y de pronto descubrimos que estamos profundamente involucrados,
que no es posible ya ser indiferentes: el dolor del otro nos duele y su alegría
nos da felicidad, más aún, a veces el dolor del otro nos duele más que el
propio dolor. La frontera se ha disuelto. En el yo está el tú y el tú en el yo; y no hay modo de
salvarse.
¿Vincularse es atarse, encadenarse? Esas palabras son
brutales, sin embargo hay algo de cierto. Al vincularnos nos afectamos, nos
cocreamos, nos transformamos. La existencia del otro nos convoca
inevitablemente. Y nos compromete. No somos una época a la que le guste
hablar de compromiso, pero en el vínculo lo hay. El compromiso de responder al otro, de acudir a su llamado; de tratar al otro, a la otra con la dignidad de un
ser humano.
Si es peligroso vincularse con la otra o el otro, a veces sin quererlo, simplemente pasa poco a poco de momento, de charla en charla, totalmente mueve nuestro mundo, y eso paraliza y da temor, mas aún así uno quiere continuar, contradictorio quizá pero real.
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